Todos los tonos de verde posibles

 


Hace no mucho tiempo leí que el verde es el color con más tonalidades percibidas por el ojo humano. El artículo explicaba que, al evolucionar en ambientes llenos de vegetación, el ser humano aprendió a distinguir entre los diversos tonos de verde para poder sobrevivir.


Leyendo ese artículo no pude evitar imaginarme el mundo de ese entonces, en donde la mayoría de los ecosistemas se encontraban repletos de arbustos, árboles, enredaderas, epífitas y un sinfín de especies de plantas que, para los primeros seres humanos debió haber sido un espectáculo, un arreglo infinito de verdes que tenían que ser aprendidos para diferenciar, entre muchas otras cosas, cuáles plantas eran comestibles y cuáles no. Cuáles verdes podrían indicar ciertos peligros y cuáles podrían ser interpretados como una bienvenida a su uso. Las selvas, los bosques, los pastizales y todos los hábitats que nos vieron emerger como especie, de alguna u otra forma nos fueron guiando y arrojando señales a la vista. Y nuestros ojos (el órgano en el que más confiamos después del corazón) enviaron esas señales al cerebro para entender el mundo que nos rodeaba. Un mundo que ya tenía una buena distancia recorrida y que se enternecía con nuestros primeros pasos sobre sus suelos.

El artículo también explicaba que somos capaces de diferenciar una gran cantidad de tonos de verde dado que se encuentra en una frecuencia de onda “cómoda” para la vista humana. Este color se ubica justo en el centro del espectro visible, es decir, alrededor de los 555 nanómetros, donde el ojo humano es más sensible cuando hay iluminación normal. Como está entre la luz azul (400 nm) y la roja (700 nm), nuestra percepción visual tiende a ser más precisa en esa zona del espectro. Esta ubicación central también contribuye a que las señales del azul y del rojo se perciban mejor con apoyo de las ondas verdes, lo que refuerza nuestra sensibilidad a los matices del verde.


Pero a veces las explicaciones científicas se quedan cortas para explicar lo que siento. Entiendo su atractivo y su razón de ser. Hay mucha belleza en la ciencia y en su forma de quitarle el velo a lo desconocido, pero pienso que no todo tiene que ser racionalizado a través del método científico. No todos los velos tienen que ser descubiertos y ciertamente aplica para el velo color verde que recubre a este planeta. Porque hay un sentimiento primigenio, una atracción evolutiva que siento al ver verde y que mis sentidos me hacen acercarme a su existencia.

¿Pero qué es el verde sin la naturaleza? Este pigmento nos hace sentir tan bien porque está intrínsecamente relacionado con la naturaleza. Ver el mismo tono de verde en una hoja comparado con una lona impresa en la calle no va a tener el mismo efecto en nosotros. No podemos pensar lo verde sin lo vegetal y no podemos pensar lo vegetal sin lo verde. Lo que nos hace sentirnos tan bien, pienso, no es el color en sí mismo, sino la relación profunda que guarda con el mundo natural. Un mundo del cual nos hemos ido alejando crónicamente.


Nunca en la historia habíamos percibido menos tonalidades de verde como en la actualidad. El sistema extractivista se ha encargado de ello, insertando su daga en todos los ecosistemas de este planeta, por más recónditos que sean. Y al insertar su daga, no sólo hace una herida profunda, rompiendo así relaciones de armonía entre seres humanos y naturaleza, sino que se lleva consigo “recursos” que le permiten seguir subsistiendo, perpetuando la acumulación de riquezas para un reducido porcentaje de la población humana; y luego, este mismo grupo de la población hace un llamado a que seamos responsables con nuestro entorno, liberándose de toda responsabilidad y haciendo que recaiga en el individuo.

Y esta herida crónica de la naturaleza se traduce, entre muchas otras cosas, en una pérdida de nuestra adaptación evolutiva por distinguir múltiples tonalidades de verde.

¿Qué efectos a largo plazo presenta este fenómeno en nuestra forma de relacionarnos con otras formas de vida y el mundo mismo? ¿Será que la crisis ambiental global venga acompañada de esta desensibilización hacia lo verde, hacia aquello que nos ha permitido vivir en este planeta por tanto tiempo?


Pero no todo está perdido, lo verde siempre encuentra su camino, y con ello, el deseo humano de dirigirnos por ese mismo camino. Las narrativas del colapso de alguna u otra forma son aliadas del sistema socioeconómico actual, porque nos paralizan, nos dejan en un estado de shock tal, que la inacción parece ser la única opción.

Me gusta pensar que construir otro tipo de narrativas pueden guiarnos hacia otro tipo de opciones que no sean la inacción. Es por esto que escribo sobre todos los tonos de verde posibles, como si me estuvieran diciendo lo que sienten, como si pudiera ver todos al mismo tiempo y en su conjunto se formara una escena clara que necesita ser contada al mundo.

Trato de narrarla, de compartirla, de dispersar la semilla de todos los tonos de verde posibles y por qué merecen seguir existiendo para nuestros ojos. Porque este color nos ha guiado desde el comienzo de nuestra existencia y lo seguirá haciendo incluso en tiempos en los que pareciera que no existen otros caminos posibles.



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