Podemos ser mujeres y no ser amigas
Hace poco una mujer me escribió en nombre de la sororidad. Me habló de apoyo, de cuidado, de hablar “de mujer a mujer”. Y cuando mi respuesta no fue la que esperaba, cuando no abrí la puerta que quería que abriera, cambió el tono. Lo que empezó como hermandad femenina terminó en denigración y especulación.
Esta incómoda interacción me dejó pensando en algo que llevo tiempo reflexionando, pero no me había permitido decir en voz alta: podemos ser mujeres y no tener que ser amigas.
Y decirlo todavía me da un poco de miedo.
Porque existe una expectativa silenciosa de que, entre mujeres, debe haber una comprensión automática. Que si no sonríes, si no eres accesible, si no estás disponible emocionalmente, estás fallando en algo. Como si la feminidad también implicara ser encantadora incluso cuando estás molesta. Como si la incomodidad fuera una traición.
Hay algo profundamente misógino en esa exigencia.
Se nos enseña que debemos ser amables. Pero muchas veces lo que realmente se espera es que seamos agradables y complacientes. Y no es lo mismo. La amabilidad puede ser honesta; la complacencia, en cambio, es una actuación para no incomodar. Es querer estar bien con todo el mundo. Es reprimir lo que sientes para sostener una fachada de equilibrio constante, de madurez impecable, de “yo vibro alto”.
Es agotador.
Yo he sido esa que intenta sostener la armonía a toda costa. La que prefiere entender antes que confrontar. La que suaviza sus límites para no incomodar. Y he descubierto que, llevado al extremo, eso también puede ser una forma de misoginia: hacia una misma. Porque implica creer que mi incomodidad vale menos que la paz superficial del entorno.
Desde que transicioné, mi forma de querer protegerme —de no ser tan accesible, de no sonreír por compromiso, de no abrir mi vida por default— ha sido interpretada como frialdad. Como si una mujer que no se entrega inmediatamente fuera sospechosa. Como si poner límites fuera sinónimo de ser una “mean girl”.
Y ahí entendí algo que me costó aceptar: a las mujeres no solo se nos exige ser mujeres, sino representar bien el papel.
La cultura nos ofrece etiquetas: lover girl, girl’s girl, mean girl. Escoger una parece reafirmarnos. Pero incluso esa clasificación es una forma de condicionamiento. Seguimos actuando dentro de un molde. Seguimos preguntándonos cuál versión es más aceptable, cuál es más celebrada, cuál nos asegura pertenencia.
Y en ese intento por pertenecer, muchas veces reprimimos lo más honesto: que no todas las mujeres nos van a caer bien. Que podemos sentir irritación, celos, rabia. Que podemos no querer a alguien cerca sin desearle el mal.
No querer ser tu amiga no significa que quiera destruirte.
No darte acceso a mi vida no me convierte en una enemiga de la fraternidad femenina.
La sororidad real, al menos para mí, no implica simpatía obligatoria. Implica no dañarnos deliberadamente. Implica no usar el discurso del feminismo para encubrir intenciones que en realidad nacen del ego, de los celos o del dolor no resuelto.
Hay una línea muy delgada entre acompañar y vigilar. Entre cuidar y controlar. Entre hablar “desde el apoyo” y buscar información para usarla después. Y cuando esa línea se cruza, lo que se rompe no es solo una relación, sino la confianza en los espacios que deberían ser seguros.
Lo más incómodo de admitir es esto: estoy molesta. Y mi rabia no me hace menos consciente ni menos feminista. Me hace humana.
Se romantiza cuánto resiste una mujer al dolor. Lo hermosa, resolutiva y amorosa que puede verse en medio de un duelo. Pero rara vez se nos da espacio para ser obstinadas, irritadas, contradictorias, indecisas. Para ser messy sin que eso invalide nuestra experiencia. Para perder el control, o incluso para soltarlo.
Hay misoginia también en no permitir que una mujer falle. En no dejarla ser difícil. En no tolerar que no quiera agradar.
Y sí, todavía creo en los espacios entre mujeres. Han sido los que más me han cuidado. Pero en mi propio proceso de desaprendizaje he entendido que parte de crecer es dejar de imitar lo que otras hacen —sea suavidad extrema o dureza performativa— para empezar a actuar desde lo que realmente siento.
Podemos ser mujeres y no ser amigas.
Podemos defendernos ante una injusticia y, al mismo tiempo, elegir distancia personal.
Podemos no sonreír. Podemos no querer gustar.
Eso no nos hace menos mujeres.
Nos hace más honestas.

.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario