La magia de ser rara y dejar a otros verlo.
Hubo un tiempo en que ser rara me dolía.
Me pesaba como una prenda mojada en pleno verano. No era algo escandaloso, ni dramático. Era más bien una sensación constante, como cuando llevas una chaqueta que no te queda bien pero te da miedo quitártela porque no sabes qué hay debajo.
Hablaba poco, pensaba demasiado, me emocionaban cosas pequeñas que nadie más parecía notar. Me dolía cuando alguien interrumpía a otra persona, me quedaba pensando en frases durante días, y muchas veces prefería mirar desde lejos en vez de participar.
Sentía que siempre estaba desentonando, como si mi presencia desajustara el ritmo del mundo. No entendía por qué me costaba tanto fingir interés en lo que a todos parecía apasionarles.
Yo era la que se llevaba un cuaderno a todos lados, la que bailaba sola con música que nadie más parecía escuchar, la que imaginaba historias que nadie quería creer. Me costó tiempo entender que eso no era un defecto, sino una especie de don.
Sin embargo no lo decía, claro. Aprendí a callarme. Aprendí a asentir. Aprendí a ocultar mi entusiasmo como si fuera algo vergonzoso.
Por años intenté encajar. Me forcé a vestir como las demás, a reír en el momento justo, a callar cuando algo dentro de mí gritaba por salir. Pero había una tristeza sorda en esa adaptación, como si me estuviera alejando cada día un poco más de mí misma.
Era agotador traducirme para que otros me entendieran. Era injusto que yo tuviera que menguar para caber en moldes que realmente nunca pedí.
Lo escondía todo con una especie de habilidad innata. Sonreía en los momentos correctos, fingía interés en conversaciones que me aburrían, y respondía rápido para que no se notara que mi mente tardaba más en entender lo que sentía.
Y funcionaba. Nadie parecía notar que estaba luchando contra mí misma. Nadie… hasta ella.
Era una nena de unos once años. La había visto varias veces en el colegio algunas tardes. Siempre se sentaba al fondo, dibujaba en los márgenes de las hojas, y hablaba bajito. Me recordaba a mí.
Un día, al final de la tarde, se quedó esperándome.
—¿Te puedo decir algo? —me preguntó con la voz temblorosa, como si fuera un secreto.
Asentí, sin saber qué venía después.
—Es que creo que tú eres como yo. Y eso me hace sentir…menos distinta. Me gusta que pienses mucho antes de decir algo. Me gusta que te inventes palabras para explicarnos cosas que aún no las tienen. Me hace sentir que está bien pensar diferente.
Me sonrió, pero no como una niña que busca aprobación. Me sonrió con alivio. Como si se hubiera quitado algo de encima.
Y luego se fue. Dejándome con el alma temblando. Así, como si nada.
Pero para mí no fue nada.
Para mí lo fue todo.
Me quedé quieta mucho tiempo, sintiendo cómo algo se deshacía dentro de mí. Era como si alguien hubiera puesto la mano justo donde me dolía, no para juzgar, sino para decir: "Te veo. Y no está mal. Está bien.”
Esa noche lloré. Pero no de tristeza. Lloré por todas las veces que quise esconderme, sin saber que alguien, en silencio, me estaba mirando y encontrando permiso en mi rareza. Me sentí útil. Vista. Como si ser yo tuviera un sentido más grande del que había imaginado.
Y entonces lo decidí.
Ser rara, a conciencia. No por rebeldía, no por contraste. Ser rara como quien cuida un fuego pequeño y lo comparte con otros. Ser rara con orgullo, con ternura, con paciencia. Porque alguien puede estar esperando ver una persona como tú para atreverse a ser quien es.
Así que seguí escribiendo frases en las servilletas de las cafeterías. Seguí diciendo que a veces no puedo hablar porque las palabras no me llegan, como si necesitaran más tiempo. Que hay canciones que no puedo escuchar sin cerrar los ojos. Que me gusta más leer en voz alta en los días de lluvia. Que a veces dejo notas escondidas en libros ajenos, solo para imaginar que alguien las encontrará algún día.
Desde ese momento no pido perdón por ser demasiado intensa, ni por amar demasiado algo.
Desde ese momento soy yo.
Entera, sin dividirme en partes que poder esconder.
Y entonces descubrí algo precioso: cuando una se permite ser rara, abre espacio para que los demás lo sean también.
Personas que yo creía “normales” empezaron a acercarse con sus propias rarezas ocultas. Y fue ahí cuando entendí que todos somos raros, solo que algunos se han olvidado.
Ahora celebro mi rareza como quien cuida un jardín propio. No necesito que florezca al ritmo de los demás. No necesito que todos lo entiendan. Y tampoco espero que me imiten.
Solo quiero que sepan que está bien. Que no hace falta pedir permiso. Que ser raro no es algo que esconder, es simplemente una forma pura de estar en el mundo.
No soy especial.
Solo soy como soy.
Y resulta que, cuando una se atreve a serlo sin esconderse, alguien más —aunque sea una sola persona— se siente un poquito más libre también.
Así que aquí estoy. Con mis rarezas visibles. Con mis hábitos extraños. Con mis gestos lentos. Con mi mundo paralelo que a veces se asoma sin avisar y que no todo el mundo entiende.
Pero ya no quiero encajar, ya no me hace falta que lo entiendan.
Solo quiero abrir espacio. Para mí. Para otros. Para la niña que fui que se avergonzaba de tener una lista de palabras favoritas o de imaginar conversaciones sola en la calle.
Y si eso es raro, entonces ojalá nunca deje de serlo.
Y esa, descubrí, es mi forma de hacer magia.

.jpg)
Comentarios
Publicar un comentario