Fiódor Dostoievski y el ser sin identidad: Un espejo de nosotros.

 Es curioso como el nombre de un personaje puede llegar a ser tan determinante en un libro, o tan efímero en algunas condiciones. Puede que para algunos sea un detalle banal, pero quizás para otros puede significar más que una identidad: puede representar ideas, cuestiones, valores o incluso algo más profundo. En las obras del autor ruso Fiódor Dostoievski, a mi parecer hace parte de esta segunda distinción.

En obras como “Memorias del subsuelo”, “Noches Blancas” o su cuento “Sueño de un hombre ridículo”, ningún personaje protagónico cuenta con un nombre. A primera vista podría ser una elección irrelevante, pero personalmente es una decisión reveladora. En las obras de Dostoievski todo tiene una razón de ser (o quiero creer que es así) y esta elección de omisión de nombre es una particularidad digna de hablar de ello.

Esa ausencia de nombres, no parece ser un recurso estilístico; es una decisión que revela una postura existencial. El privar a los personajes de un nombre, puede ser una manera de mostrarnos la esencia de la individualidad: una humanidad desnuda, contradictoria y rota. Así, esta omisión de identidad nominal, los convierte en figuras universales, capaces de representar no a una persona en específico, sino a cualquiera de nosotros en una potencialidad más cruda y realista.

Tomemos un ejemplo con su obra Memorias del subsuelo. El hombre del subsuelo, podemos leerlo no solo como un individuo concreto, sino como en una expresión de una conciencia enfrentada consigo misma, atrapada entre el nihilismo, desprecio y orgullo. Si este poseyera un nombre, podría leerse como “el de alguien más”. No obstante, al carecer de él, el lector se ve obligado a cuestionarse cuánto de este subsuelo habita en sí mismo.


Por lo tanto, Dostoievski nos confronta con lo que podríamos llegar a ser cuando se desmoronan las certezas, cuando la conciencia se vuelve insoportable, cuando la libertad se convierte en condena. El era un experto en la condición humana, en sus obras plasmó el ser humano capa por capa, intentando escudriñar el alma y la mente porque reconocía que el entender al ser humano es un desafío constante. No somos una cuestión de blanco o negro, sino de matices. El ser humano es mucho más complejo que tratar de reducirlo a categorías simplistas, no somos villanos ni héroes perfectos y esto lo demuestra al entregarnos personajes tan emblemáticos como Raskolnikov o Razumikhin: ambos terriblemente humanos, pero a la vez tan distantes uno del otro, demostrando que hasta en lo más humano puede haber bondad, pero también maldad.

Estos personajes sin nombre, son profundamente humanos y reales, actuando desde una interioridad desgarrada, impulsados por pasiones, dudas morales y una lucha constante por encontrar sentido en un mundo que parece negarlo. Porque esta elección de no nombrarlos no es más que un espejo de cada uno de nosotros, después de todo, todos hemos sido guiados por deseos, valores e incluso ideales. Por lo que esta omisión nos permite recordarnos que la cuestión no es quiénes son estos personajes, sino quiénes somos. Siento que Dostoievski lo hizo a propósito, no para que leamos sobre el “otro”, sino sobre una parte de nosotros mismos, obligándonos a preguntarnos si estamos dispuestos a mirar con honestidad en el abismo que su literatura nos pone delante.

Tal vez por eso, después de leerlo, queda una sensación inquietante y abrumadora, porque todos hemos o seremos ese hombre del subsuelo, ese soñador o ese ser ridículo.


Comentarios

Entradas populares