Las personas faro: ¿Eres una de ellas?
Hay personas que se parecen a un faro. No se mueven, no piden ayuda, no se apagan. Están ahí, firmes, constantes, iluminando elcamino para otros.
Una metáfora para describir a las personas que se han acostumbrado a ser las fuertes, las estables, las que sostienen, a costa de su propio bienestar emocional. No es un término clínico, pero sí una forma simbólica de hablar.
Siempre están para todos, pero nadie pregunta si ellas también necesitan ser rescatadas del naufragio.
Características de un faro humano:
— Siempre tienen una palabra para reconfortar.
— Son el “refugio” emocional de todos, pero nunca se sienten del todo vistas.
— Se callan lo que sienten porque “hay gente que lo está pasando peor”.
— Les cuesta pedir ayuda porque no saben cómo.
— Se sienten culpables cuando no están disponibles.
— Pueden estar rodeadas de personas… y aún así sentirse profundamente solas.
Y lo más triste es que muchas veces, quienes más las necesitan, jamás notan que están apagándose por dentro.
Porque un faro no hace ruido. Solo brilla y ese brillo constante termina siendo su condena.
He llegado a la conclusión de que este patrón No aparece de la nada. Generalmente se forma desde muy temprano, cuando una persona crece sintiendo que debe merecer amor a través de su utilidad. Que para que no la dejen, tiene que cuidar, servir, resolver.
Quizás fuiste la hermana mayor que siempre tenía que estar bien.
O la amiga que consolaba a todos pero nunca era escuchada.
Quizás en tu casa no había espacio para tus emociones, porque había problemas más “grandes”.
Y así, aprendiste a silenciarte para no incomodar.
A no ser una carga.
A brillar para otros, aunque te doliera la oscuridad por dentro.
El problema de vivir como faro, es que eventualmente el alma también se cansa.
Y llega un momento en el que ya no sabes si ayudas porque quieres o porque no sabes ser de otra forma.
Te llenas de vínculos donde solo das.Te rodeas de personas que te buscan para salvarse, pero nunca para quedarse.
Y te preguntas, en silencio: “¿Quién va a sostenerme a mí cuando yo ya no pueda más?”
Sanar el síndrome del faro no es volverte egoísta.
Es aprender que también mereces ser vista, cuidada y escuchada.
Una última cosa:
Si te reconociste aquí, si sentiste el nudo en la garganta mientras leías, te digo algo con el corazón:
No tienes que salvar a nadie más.
No eres responsable del mundo.
No eres egoísta por elegirte.
No eres menos por querer descanso.
Incluso los faros necesitan mantenimiento.
Incluso tú mereces un puerto donde alguien te abrace cuando el mar te canse.
Incluso tú puedes dejar de brillar por un momento…y aún así seguir siendo luz.
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