秋の雨
デジタル記憶

El después nunca es silencioso

 Hoy intenté disfrutar el presente. Lo juro. Abrí las ventanas, dejé que el aire entrara, preparé un té sin pensar en nada más que en el olor que se escapaba del vaso. Pero mientras lo hacía, una parte de mí ya estaba en otro sitio. En el mañana, en lo que falta, en lo que no sé si vendrá. Y entonces el momento se volvió pequeño, casi ajeno. Como si el presente fuera solo un pasillo por el que paso rápido, sin atreverme a quedarme. Y pienso que quizá la vida entera sea eso: una sucesión de intentos por detenernos en medio del movimiento, por encontrar calma en algo que no deja de cambiar. A veces logro quedarme unos segundos, pero enseguida llega el pensamiento de lo que sigue, de lo que podría pasar, y me arrastra como una corriente invisible.

Hay días en que el futuro se siente como una sombra que camina más rápido que yo. No importa cuánto intente alcanzarlo, siempre está un poco más adelante, respirándome en la nuca. Pienso en todo lo que no he hecho, en lo que podría perder, en los planes que tal vez nunca sucedan. Y esa ansiedad —esa insistencia de lo que todavía no existe— me roba lo único que tengo: el ahora. Hay algo cruel en eso, en vivir tan pendientes de lo que falta que se nos olvida lo que ya está. Miro el cielo, escucho una canción, siento el aire en la piel, pero no estoy del todo ahí. Mi mente está en el después, en esa vida que todavía no llega y que, cuando lo haga, tal vez tampoco sabré habitar.

Me gustaría saber cómo se hace eso de habitar el instante. Cómo mirar un atardecer sin preguntarme si mañana habrá otro igual, o abrazar a alguien sin temer el momento en que ya no esté. Hay una parte de mí que quisiera detener el tiempo, encerrarlo en una cajita, guardarlo lejos de las expectativas. pero otra parte —más grande, más triste— sabe que incluso cuando lo intento, algo en mí ya está escribiendo el después. Me pasa cuando río, cuando algo me hace feliz: de inmediato aparece el pensamiento de que se acabará. Y entonces el gozo se mezcla con la nostalgia, como si no pudiera existir sin su sombra. Vivir se parece tanto a perder, aunque aún no sepamos qué.

A veces me pregunto si vivir es siempre una forma de esperar. Esperamos el amor, el cambio, la calma, la próxima versión de nosotros. Y mientras esperamos, los días se van quedando atrás, callados, sin haber sido del todo vividos. Me da miedo pensar que cuando el futuro llegue, ya no quede nada del presente que tanto quise disfrutar. Porque el futuro, cuando llega, deja de ser futuro. Se vuelve este mismo instante que no sé cómo sostener. A veces pienso que el presente es un animal tímido, que huye cuando lo miramos demasiado de cerca. Apenas nos distraemos y ya se fue. Y entonces empiezo de nuevo, deseando algo más, algo que todavía no está. Es un ciclo infinito: el deseo de estar en otra parte.

El futuro tiene una forma cruel de aparearse con la mente: nos hace creer que si lo pensamos suficiente, será menos incierto. Pero la verdad es que cuanto más lo invocamos, más nos alejamos de lo único que es real. Y mientras imaginamos todo lo que podría pasar, olvidamos que lo único que está pasando es esto: el sonido de una respiración, la luz que cambia de color sobre la pared, el corazón que late aunque no sepamos hacia dónde. Pienso que el futuro no es el enemigo, sino un espejismo. y tal vez la tarea más difícil sea aprender a mirar sin correr hacia él, a quedarnos dentro del minuto que tiembla.

Quizá aprender a vivir el presente no sea dejar de pensar en el futuro, sino perdonarnos por no saber hacerlo del todo. Aceptar que el miedo a lo que viene también forma parte de estar vivos. Que no siempre hay que disfrutar, ni entender, ni sostenerlo todo. Que hay belleza incluso en esa torpeza de intentar quedarnos un segundo más antes de que la vida nos empuje hacia el siguiente. Porque al final, el tiempo no se detiene, pero a veces se ablanda un poco cuando lo miramos sin exigirle nada.

Y mientras escribo esto, el té ya se enfrió. La mañana avanza sin esperarme. Y pienso que tal vez ahí está la lección: el presente nunca deja de irse, pero cada vez que lo miro de frente, aunque sea un segundo, me pertenece.

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