秋の雨
デジタル記憶

"Te ves bastante triste para una chica tan enamorada"

 


No sé si alguna vez te dijeron algo así.

No exactamente esa frase, quizás no con esas palabras, pero sí con ese mismo tono. Ese tono liviano, casi divertido, con el que la gente dice cosas que te dejan un agujero en el pecho y después se va a hacer otra cosa, como si nada.

Como si tu cara fuera un detalle extraño. Como si tu tristeza fuera un error de cálculo.

“Te ves bastante triste para una chica tan enamorada.”

Y lo peor es que no suena cruel. Suena a observación. Suena a comentario casual. Suena a esas frases que se sueltan sin intención de herir… pero que igual te dejan pensando toda la noche.

Porque tiene esa lógica que el mundo ama: si estás enamorada, deberías estar bien. Si te eligieron, deberías estar agradecida. Si estás con alguien, ¿qué más querés?

Como si el amor fuera un escudo. Como si el amor fuera una vacuna contra sentirte insuficiente. Como si enamorarte fuera sinónimo de florecer.

Y a veces sí.

Pero a veces, no.

A veces el amor no te cura nada. A veces el amor solo ilumina lo que ya estaba roto, mal acomodado.

Y ahí es cuando aparece esa frase, esa mirada, esa incomprensión ajena:

¿Por qué estás triste si estás enamorada?

Y no sabés cómo explicar que una cosa no cancela la otra.

Que podés querer a alguien y, al mismo tiempo, sentirte sola. Que podés estar ilusionada y, al mismo tiempo, tener miedo. Que podés sentir mariposas y, al mismo tiempo, estar agotada.

Que el amor no siempre se siente como una película romántica. A veces se siente como un examen. Como una negociación constante entre lo que querés y lo que estás dispuesta a soportar para no perderlo.

A veces se siente como estar caminando sobre un piso que no sabés si va a romperse.

“How could I ever trade something that’s good for what’s right?”

- Olivia Rodrigo, scared of my guitar


Muchas veces me cuesta admitirlo, pero gran parte de mi vida gira en torno al amor. A la presencia y la ausencia de él. A la escacez y al exceso. A ganarlo y después perderlo.

Pero así como el amor funciona como un refugio, muchas veces lo hace también como distracción. Porque hay amores que no te hacen feliz, simplemente te mantienen ocupada. Y cuando eso se termina, ahí es cuando empieza el verdadero derrumbe, porque empieza la fase de reconstrucción.

Esa versión tuya más intensa, más obsesiva, más ansiosa que eras cuando estabas enamorada baja de repente en una especie de bucle depresivo del que sentís que no podés salir. Días en la cama de helado y canciones tristes.

El amor tiene muchas cosas a favor, pero casi las mismas en contra.

Enamorarse te expone de formas que no siempre estás preparada para manejar.

Te expone a que te cambie el humor por un mensaje. A que un silencio te arruine el día. A que un “después hablamos” se te quede pegado en el cuerpo como una sensación física.

Te expone a preguntarte cosas que ni siquiera te preguntabas cuando estabas sola.

¿Le gusto tanto como él me gusta a mí? ¿Soy suficiente? ¿Me está eligiendo o me está usando? ¿Estoy exagerando o realmente algo está mal? ¿Estoy siendo intensa o estoy pidiendo lo mínimo?

Y la parte más triste es que, a veces, la respuesta es clara… pero igual no la querés escuchar.

A veces te das cuenta de que el amor no te está haciendo bien, pero te quedás igual. Te quedás porque te acostumbraste a la idea de que amar implica aguantar.

Y después, cuando alguien te dice “te ves triste para una chica tan enamorada”, vos te reís, como si fuera un chiste.

Pero por dentro pensás:

¿y si esto es lo que el amor me hace?

¿y si enamorarme me vuelve esto?

Es una dualidad insoportable, porque algunos días siento que el amor saca lo mejor de mí, y otros que simplemente me vuelve una persona insufrible, alguien capaz de arruinarse completamente solo por tener el cariño de alguien más. Un cariño que, según pensé por mucho tiempo, debía “ganarse”.

Pero quien te quiere sinceramente no va a necesitar que te ganes nada, porque el amor no es un premio, es un regalo.


Creo que cuando leí el título del nuevo álbum de Olivia Rodrigo confirmé algo que venía pensando hace bastante: no sé si quiero enamorarme ahora.

No porque no crea en el amor. No porque sea una persona fría. Ni porque quiera estar sola para siempre, ni porque tenga una postura filosófica sobre la independencia emocional.

Amo las historias de amor. Me gusta la idea. Me gusta el misterio. Me gusta esa sensación de conocer a alguien y sentir que el mundo cambia un poco de color.

Me gusta la química. Me gusta la conexión. Me gusta cuando alguien te mira como si fueras importante.

Me encanta enamorarme (y de hecho, siempre me consideré una persona híper enamoradiza, me mirás dos segundos y ya imagino una vida juntos).

Pero al mismo tiempo, estoy cansada.

Cansada de la montaña rusa.

Cansada de volver a ser la versión de mí que se obsesiona, que sobrepiensa, que se analiza, que se pregunta si dijo algo mal, que revisa el celular, que siente que tiene que ganarse el cariño.

Y es raro decirlo, porque no suena romántico. No suena lindo. Suena como si el amor fuera una carga.

Pero no es eso. El amor no es una carga.

Lo que cansa es todo lo que viene con él cuando todavía no estás bien acomodada adentro tuyo. Es enamorarte cuando todavía estás aprendiendo a cuidarte.

Y es verdad que se puede crecer de a dos, pero también es respetable querer crecer de a uno, de a poco, a mis tiempos, como yo quiero y elijo.

A mí me costó construir paz.

Me costó aprender a estar conmigo. Me costó aprender a no necesitar la validación constante de alguien para sentirme valiosa. Me costó aprender a dormir sin esperar un mensaje. A no interpretar cada gesto como una señal. Me costó, incluso, aprender a no vivir como si el amor fuera una meta.

Y siento que, si me enamoro ahora, hay una posibilidad real de que vuelva a desordenarme.

Y no me da vergüenza admitirlo.

Porque hay una parte de mí que sabe que cuando se enamora, se entrega. Y eso suena noble, suena lindo, suena como algo que debería ser celebrado. Pero la entrega también tiene un lado oscuro: podés entregarte tanto que un día te das cuenta de que ya no estás.

Que tu humor depende de alguien más. Que tu autoestima depende de alguien más. Que tu rutina depende de alguien más. Que tu estabilidad emocional depende de alguien más.

Y de repente estás en una relación donde te quieren… pero no te alcanza. O te quieren… pero no te cuidan como vos necesitás. O te quieren… pero vos te estás achicando para no perderlos.

Y ahí es cuando entendés que enamorarte no siempre te hace más grande. A veces te hace más chica.

Uno siempre cree que el problema son los demás, que te lastiman, que no te eligen, que son inmaduros.

Y sí, muchas veces es verdad.

Pero otras veces el problema es más interno, más silencioso. El problema es que vos, cuando te enamorás, empezás a negociar cosas que no deberías negociar.

Empezás a justificar lo que te duele. A minimizar lo que te falta. A convencerte de que “es normal” sentirte insegura.

Y a veces lo hacés tan despacio que ni te das cuenta.

No es que un día te despertás y decís “voy a perder mi dignidad por amor”. No. Es más sutil. Es un mensaje que no responde y vos decís “seguro está ocupado”. Es una promesa que no cumple y vos decís “bueno, no pasa nada”. Es una conversación que evita y vos decís “ya lo vamos a hablar”. Es un gesto que te hiere y vos decís “quizás lo interpreté mal”.

Y así vas corriendo tu propia línea.

Hasta que un día mirás para atrás y te das cuenta de que ya no sabés dónde estaba tu límite original.

Honestamente, me da un poco de miedo la persona en la que me convierto cuando me enamoro. Mi peor pesadilla. Ese personaje de la película que es detestable y te tiene gritándole a la pantalla: ¡AMIGA, DATE CUENTA!


Creo que el amor te da muchas cosas lindas, pero también pide, y eso está bien, porque nada importante es gratis, pero no sé si estoy dispuesta a asumir ese costo ahora.

No quiero que el amor me vuelva a consumir. No quiero que el amor sea el centro de mi vida. No quiero que el amor sea ese tema constante del que hablo con mis amigas, ese problema recurrente que me arruina el humor, esa conversación interminable con mi propia cabeza.

No quiero que el amor se vuelva mi principal preocupación.

Y tal vez esto suena poco romántico. Tal vez suena como si yo estuviera cerrada. Pero yo no creo que sea eso.

Creo que es más simple: estoy aprendiendo a querer una vida que no dependa de que alguien se quede.

Hoy quiero una vida donde mi paz no sea negociable. No quiero enamorarme de alguien que me haga dudar de mí. De alguien que me dé migajas y espere que yo las agradezca. De alguien que se aparezca cuando quiere y desaparezca cuando le pesa.

No quiero ese amor. No quiero enamorarme para llenar un espacio.

Quiero enamorarme cuando tenga ganas de compartir mi vida, no cuando tenga ganas de escapar de ella.

Quiero un amor que no me absorba. Un amor que no me convierta en alguien que vive esperando. Un amor que no me haga sentir que siempre estoy a punto de perderlo. Un amor que se sienta seguro. Un amor donde no tenga que leer entre líneas. Donde no tenga que interpretar silencios. Donde no tenga que preguntarme si estoy pidiendo demasiado.

Y sé que ese amor existe. No soy cínica. No soy una persona que piensa que todo termina mal.

Pero también sé que no aparece porque sí. Y también sé que yo todavía estoy aprendiendo a reconocerlo.


El otro día leí una frase que se quedó conmigo:

“si enamorarme significa perderme, entonces prefiero esperarme”

Y no podría estar más de acuerdo. Prefiero quedarme conmigo un rato más.

Hasta que el amor no sea una tormenta. Hasta que el amor no me convierta en una chica triste tratando de fingir que está feliz. Hasta que el amor no sea algo que me haga sentir menos.

Tal vez un día alguien me mire y me diga que me veo luminosa.

Y no porque estoy enamorada.

Sino porque estoy bien.

Y si el amor quiere entrar ahí, que entre.

Pero esta vez, que no me desordene la casa.

Con cariño, Agus.

PD: espero que vos también encuentres ese amor, y si ya lo encontraste, que te acompañe toda la vida.

Comentarios

Entradas populares