¿Por qué no queres mirar a los ojos?
Hace poco descubrí algo extraño mientras conversaba con un grupo de amigos
Yo suelo observar mucho a las personas cuando camino por la calle. No solo sus siluetas o su forma de vestir: también miro directamente a los ojos.
Cuando dos desconocidos cruzan la mirada por un segundo, siempre siento que ocurre algo extraño. Como si por un microinstante dos mundos se tocaran. Una pequeña descarga de energía que aparece y desaparece de inmediato.
Pero, al parecer, mucha gente lo evita.
La conversación empezó hablando de esos momentos incómodos en los que te cruzas con alguien que no esperabas ver:
un compañero del colegio, alguien que no te cae bien, un ex.
Comenté que eso casi no me ocurre. Y que, incluso si el encuentro es evidente, no siento ninguna obligación de saludar. La mayoría estuvo más o menos de acuerdo con eso.
Pero luego alguien dijo algo que me sorprendió.
Dijo que a él nunca le pasaba porque cuando sale está completamente metido en su propio mundo. Que casi nunca observa a las demás personas.
Y, para mi sorpresa, todos estuvieron muy de acuerdo.
Algunos incluso mencionaron que evitan el contacto visual.
Que no es algo que esperan al salir a la calle.
Que no les interesa.
Eso me causó una extrañeza difícil de explicar.
Pensé en nuestro día a día y en cómo nuestras vidas se cruzan constantemente con las de otros individuos que tal vez jamás volveremos a ver.
Esa masa de desconocidos podría parecer insignificante.
Pero, al mismo tiempo, tal vez no lo es.
Siempre me ha fascinado fijarme en los detalles de las personas:
la forma en que alguien camina, la expresión que aparece en su rostro cuando cree que nadie lo mira, la rapidez con la que aparta la mirada cuando nuestras pupilas se encuentran.
A veces pienso que cada uno de esos encuentros es un pequeño recordatorio de algo muy simple:
que no estamos solos habitando este mundo.
Entonces me pregunto:
¿Soy yo la rara por mirar?
¿O nos hemos acostumbrado demasiado a no vernos?
El filósofo Jean‑Paul Sartre escribió mucho sobre “la mirada del otro”. Su idea es poderosa: cuando alguien nos mira, nos volvemos conscientes de nosotros mismos. Por eso puede ser incómodo.
Él decía que el problema no es mirar, sino sentir que estamos siendo mirados. Ese momento nos expone.
Actualmente me movilizo mucho en transporte público. Es la forma más sencilla y rápida de llegar a donde quiera. Este cambio en mi rutina ha incrementado mi contacto con masas de gente, especialmente en las horas más estresantes del día, cuando todos, apurados y atareados, intentan llegar a tiempo a donde tengan que llegar.
De alguna manera eso me reconforta.
Llegar y ver a otros humanos en el mismo cuento que el mío: alguien con el pelo mojado y olor a perfume, otros con una pinta impecable que me hace preguntarme si tendrá una reunión importante hoy. Una madre y su hijo hiperactivo.
A veces observar ayuda a despertar.
Sé que muchas veces nos importa poco lo que siente o piensa el otro. Yo misma tengo días en los que preferiría que todos desaparecieran. Pero también hay momentos en los que observar un abrazo ajeno, unas risas lejanas entre dos amigas, un abuelo leyendo el periódico o incluso el refunfuñar de alguien molesto me provoca una sensación inesperada de alegría.
También es cierto que no siempre experimentamos lo mejor de la vida en la multitud. A veces aparecen escenas desagradables: empujones, gritos, discusiones, mal humor.
Pero incluso observar el caos me ha devuelto mucho aprendizaje.
El término “engentarse” es algo que escucho mucho en mi círculo. Y lo entiendo.
Pero también he notado algo que me gusta mucho: a veces una mirada puede devolver un pequeño choque de mundos.
Son momentos raros, pero cuando ocurren los atesoro.
Una mirada que dice buenos días.
Una mirada que pregunta qué tal.
Hace poco un buen amigo me dijo que soy muy idealista.
Pero lo que relato es real. Solo tienes que salir a experimentarlo.
Lo repito: serán momentos únicos. No pasan seguido.
Pero mirar a alguien a los ojos y recibir esa microconexión, aunque dure apenas un segundo, es algo que me hace vivir el mundo un poco menos apretado, un poco menos enmarañado.
¿Cómo crees que caminas por el mundo?
¿Alguna vez lo has pensado?
¿Te interesa?
Cualquier respuesta es válida, porque todos experimentamos y habitamos el mundo a nuestra manera.
Despertar este tipo de conciencia se acerca mucho a un concepto llamado sonder.
Es un término creado por el proyecto The Dictionary of Obscure Sorrows de John Koenig, y describe la repentina conciencia de que cada persona que vemos, incluso los desconocidos que pasan frente a nosotros en la calle o en el colectivo, tiene una vida tan compleja y profunda como la nuestra.
Tal vez por eso me gusta mirar a los ojos.
Porque, por un segundo, esa vida que nunca conoceré deja de ser solo parte del fondo de la escena.
Y aparece.
Quizás eso es lo que ocurre en esos pequeños choques de mirada:
un instante mínimo de sonder.
La próxima vez que salgas a la calle, intenta algo simple:
mira a alguien a los ojos por un segundo.
Tal vez descubras lo mismo que yo.
Que en medio de la multitud existen pequeños momentos de conexión.
¿Hace cuánto no miras realmente a alguien?

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