秋の雨
デジタル記憶

El dolor también merece vivirse

 


       A veces, cuando necesito escapar un rato de la realidad y ponerme un poco más infantil, me gusta jugar a que soy una casa. Cada habitación es una emoción, algo que me pasa, y representa también cómo quiero transitar ese momento.

Por ejemplo, la felicidad para mí vive en el living. Es ese lugar donde paso los momentos más alegres: una película en familia, un desayuno lento de fin de semana, noches de juegos y risas interminables. La nostalgia está en mi cuarto, donde casi siempre me la paso escribiendo y leyendo mis libros favoritos hasta altas horas de la madrugada, pensando sobre todo lo que fue y lo que no pudo ser. La ansiedad, por su parte, nunca sé bien qué lugar de la casa ocupa, me gusta pensar que corretea por los pasillos, sin saber bien dónde esconderse, sin terminar de adivinar cuál es su lugar de la casa. Pero al final, casi siempre, termina haciéndose un ovillo en alguna esquina del living.

El dolor… me gusta pensar que es ese cajón en la cocina lleno de tuppers que nunca me animo a ordenar, porque sé que una vez que empiezo me va a llevar horas, entonces cada vez que tengo que guardar uno nuevo, solo abro rápido el cajón y, casi sin mirar, lo tiro ahí adentro, con la rapidez suficiente para que no se me caiga todo encima.

El problema con ese cajón es que, como todos los cajones que evitamos ordenar, llega un momento en que deja de cerrar. Y entonces, sin previo aviso, un día lo abrís y todo se cae encima.

Todos esos dolores que quise guardar porque “no pasaba nada” de repente ahora están ahí, bañándome en todo lo que no quería sentir. Y la culpa es toda mía.

Porque prefiero no decir, no pelear, guardarme todo para no herir a la otra persona. Y muchas veces el precio que tengo que pagar es quedarme con el dolor. Guardarlo por mucho tiempo, acumular tuppers en el cajón que un día explota. Explota adentro mío y lloro aunque “no sé por qué”, y es que en realidad no hay un único por qué, hay muchos acumulados en el tiempo y en el cajón de los tuppers.

Porque el dolor es así. Si lo empujás lo suficiente hacia el fondo, parece desaparecer. Pero en realidad solo está esperando. Esperando a que un día abras un poco más de lo necesario, o a que algo pequeño (un recuerdo, una canción, una conversación cualquiera) haga que todo se desacomode.

Durante mucho tiempo pensé que la mejor forma de convivir con el dolor era ignorarlo. Seguir adelante. Decirme que no era tan grave, que otras personas tenían problemas peores, que ya iba a pasar.

Pero el dolor no entiende ese idioma.

Quizás por eso, cuando finalmente el cajón se abre y todo se cae encima, lo que más abruma no es el dolor en sí, sino la cantidad de cosas que quedaron guardadas durante tanto tiempo.

Cada tupper tiene un pedazo de cinta de papel pegado con mi letra escrita, uno dice “cosas que no me animé a decir”, otro “expectativas que no cumplí”, otro “versiones de mí que no pude ser”, otro “soy una mala hija (mala persona)”, otro “soy un fraude”, y así sucesivamente con todas las cosas que me dolieron y dejé pasar.

Pero una vez que el dolor está afuera, pasa algo inesperado: todo empieza a verse más claro.

Cuando el cajón está cerrado, el desorden es infinito. Pero cuando lo vaciás, cuando mirás cada cosa, cuando decidís qué guardar y qué dejar ir, de a poco aparece el espacio.

Porque de eso se trata un poco todo ¿no? catch and release. Habitar el dolor también es un poco eso.

Es verdad que algunas emociones tienen habitaciones luminosas y otras rincones más oscuros. Que no todo lo que habita en nosotros es fácil de mirar. Pero también es verdad que, aun así, sigue siendo parte del mismo lugar donde vivimos.

No se trata de quedarse viviendo dentro del sufrimiento, ni de romantizar lo que duele. Tampoco de hacer del dolor una identidad o una casa permanente. Se trata más bien de reconocer que forma parte de la casa, que también necesita una habitación propia.

Una donde podamos sentarnos un rato, sin apurarnos a arreglarlo todo, sin exigirnos estar bien demasiado rápido.

Una habitación silenciosa, donde simplemente podamos reconocer lo que duele.

Y después, cuando estemos listos, volver a caminar por el resto de la casa.

Comentarios

Entradas populares