秋の雨
デジタル記憶

Cortázar y el arte de perderse

 


Hoy pensé en Cortázar. No sé por qué. Quizá porque llevo días sintiéndome como uno de sus personajes: alguien que camina por la vida sin saber exactamente a dónde va, pero que igual se deja llevar por la extrañeza de todo lo que le rodea. Me acordé de aquella primera vez que lo leí, cuando sentí que sus palabras no eran solo literatura, sino una especie de espejo donde podía mirarme y reconocer mi propio desorden. Leerlo fue descubrir que también en mí había pasillos que no llevan a ningún lado, habitaciones cerradas, huecos donde se escuchan ruidos invisibles.

Cortázar nunca fue un escritor cómodo. Y a mí nunca me gustaron las cosas cómodas. Sus cuentos no buscan darnos paz, sus novelas no prometen finales felices. Al contrario: nos empujan hacia la incertidumbre, hacia ese vacío que nos incomoda tanto. y sin embargo, lo agradezco. Porque en ese vacío también hay belleza. Hay ternura en aceptar que no lo entendemos todo, que a veces solo nos queda mirar el techo y sentir que no tenemos un mapa, que la vida se parece más a un laberinto que a una línea recta.

Hay días en los que siento que vivo en “casa tomada”: como si algo, silencioso e inexplicable, me fuera arrebatando poco a poco los lugares donde solía estar cómoda. Y otros días me descubro como el hombre de “axolotl”: atrapada en un cuerpo, en una rutina, en un espacio donde miro hacia afuera con ansias de ser otra. Y pienso que eso también lo entendió Cortázar: la vida no es una sola, siempre hay más de una posibilidad latiendo al mismo tiempo dentro de nosotros.

Quizá lo que más me duele, al leerlo, es darme cuenta de que Cortázar sabía que el amor también es un laberinto. En rayuela amar es siempre un salto al vacío, un juego de perderse y reencontrarse, un dolor constante. Amar sabiendo que nada se queda del todo, que todo lo bello siempre se escapa un poco, como agua entre las manos. Y ahí es donde me reconozco: en esa nostalgia que habita incluso en los momentos más felices, en esa sensación de que lo que más amo siempre puede desvanecerse en cualquier instante.

A veces pienso que Cortázar escribía para los que no encajamos del todo en ninguna parte. Para los que nos sentimos demasiado grandes o demasiado pequeños, demasiado intensos o demasiado frágiles. Leerlo es aceptar que no hace falta ser “normal”, que hay un lugar para la rareza, que incluso lo absurdo tiene su sitio en la mesa. Él convirtió lo extraño en hogar, lo fragmentado en música, lo imposible en compañía. Y eso, cuando me siento perdida, me salva.

Me gusta imaginarlo caminando por parís, escribiendo en una libreta cualquier detalle mínimo: un cigarro apagado en la acera, una mirada en el metro, una grieta en la pared. Porque Cortázar entendía que la vida estaba hecha de lo mínimo, de lo que pasa desapercibido. Y leerlo me enseñó a mirar también de esa forma, a detenerme en las sombras, en las esquinas, en lo que los demás suelen olvidar. Hay días en los que pienso que si no hubiera leído a Cortázar, tal vez habría dejado de mirar con esa delicadeza lo que me rodea.

Y sin embargo, lo que más me toca no son solo sus libros, sino lo que dejan en mí después de leerlos. Esa especie de eco que se queda adentro, como si sus palabras siguieran moviéndose aunque cierre la página. No todos los escritores logran eso. Cortázar sí. Porque leerlo no es solo leer: es entrar en una experiencia que te desarma y te vuelve a armar de otra manera.

Yo no sé si alguna vez logre decir algo tan hondo como él, pero me gusta imaginar que estas líneas que escribo ahora son una forma de seguir conversando con su fantasma. Porque Cortázar no murió en sus libros; vive cada vez que alguien se atreve a perderse entre ellos. Y yo, hoy, me dejo perder una vez más, porque en esa pérdida algo en mí se acomoda, algo en mí se nombra, algo en mí respira.

Y tal vez eso sea lo único que necesito ahora: perderme un poco más, para seguir encontrando nuevas formas de decirme. Porque en el fondo, de eso se trata: leerlo es recordarme que no necesito entenderlo todo para sentirlo todo. Y esa certeza, aunque frágil, encuentro un lugar donde quedarme.

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